Mikdash Me'at: el lugar donde la presencia se hace real
Nuestros sabios en el Talmud, en el tratado Meguilá 29a, dijeron que la sinagoga recibe el nombre de Mikdash Me'at, que significa «un pequeño santuario». No tenemos Templo: los dos fueron destruidos. Los sabios no se quedaron mirando las estrellas. Crearon el Talmud y crearon el Mikdash Me'at.
Esas palabras las trae el profeta Yejezkel. En el capítulo 11, versículo 16, el Creador le dice a su pueblo en medio del exilio, ya fuera de Israel, ya fuera de Jerusalén: «Seré para vosotros como un pequeño santuario en las tierras donde lleguéis». Da igual dónde estemos. Lo primero que hace un judío al llegar a un sitio es buscar dónde hay una sinagoga o una comunidad, y si no la hay, la crea.
El versículo no dice que el Creador vaya a construir un edificio. Él no necesita edificio, porque no cabe en ningún edificio. Dice que Él mismo será ese pequeño santuario. Este lugar no es sagrado por sus paredes, ni por el Aron HaKodesh, el arcón donde se guarda la Toráh, ni por nada que se pueda tocar. Es sagrado porque cuando nos reunimos con el corazón abierto para buscar al Creador, su presencia está. No es un club privado donde solo los grandes entran. Es un lugar donde, si quieres acercarte al Creador, tienes que venir, porque quien entra a buscarlo sinceramente, aquí lo va a encontrar.
La Toráh como árbol de vida
En el Aron HaKodesh se guardan los pergaminos de la Toráh. Son pergaminos escritos en piel de animal con una tinta especial, según todas las leyes que regulan su elaboración. Los protegemos con nuestra vida.
Cuando la Toráh sale del arca, en todas las sinagogas del mundo se canta un versículo de Proverbios, capítulo 3, versículo 18: «Etz jayim hi lamajazikím ba», «es un árbol de vida para quienes se aferran a ella». No dice «tengo una ley fría que nadie entiende». No dice «un código antiguo y distante que nadie sabe interpretar». Dice un árbol de vida: te sientas a su lado, lo abrazas, te quedas cerca de él.
¿Y por qué un árbol? Porque los árboles dan frutos, y la Toráh da fruto cuando te acercas a ella. Lo que hay dentro del Aron HaKodesh no es una reliquia para admirar porque tiene 3.500 años. Es un camino que sigue vivo, que da el saber que necesitamos para caminar en esta vida y que sigue dando frutos hoy igual que los dio entonces, a cada uno que decide acercarse. No hay que ser nadie especial. Simplemente decides acercarte, y esa es la puerta.
Si quieres profundizar en la experiencia de cuando la Toráh sale del arca y se lee en público, puedes consultar la guía sobre Aliyat HaTorá.
Abraham y las cuatro puertas: por qué eres bienvenido
Muchos pueden pensar: «Es la primera vez que estoy en una sinagoga, no soy judío, no me van a dejar entrar». El primer gesto de nuestro patriarca Abraham, que nos representa a todos y fue la raíz de todo, desmiente esa idea. Él abrió su tienda por los cuatro lados. No solo abrió la puerta principal: abrió las cuatro caras de la tienda. ¿Por qué? Para que, viniera por donde viniera el extranjero, siempre viera una entrada.
Y no bastaba con que pudiera entrar. Tenía que entrar bien, con gusto, sin esfuerzo, sin tener que buscar cómo hacerlo. De ahí que la invitación sea suave y dulce. De ahí que al entrar haya algo de comer, gente agradable, un ambiente de casa. Todo eso lo sacamos de Bereshit, Génesis capítulo 18, donde entendemos que Abraham era así.
Cuando decimos «bienvenidos», no es un favor. No es «mira qué enrollado». Es honrar lo que nos han legado y enseñado: ser como nuestro patriarca, que es el mismo patriarca para todos, y cuya enseñanza es la hospitalidad como primer acto antes que cualquier otra cosa, no solo dentro de la comunidad, sino en la vida privada de cada uno.
Este compromiso con la hospitalidad de Abraham lo articulamos también en nuestro manifiesto, porque todo ser humano tiene derecho a acercarse.
El camino de los Benei Nóaj: completo en sí mismo
La Toráh reconoce que muchos de los que se acercan ya caminan en su vida, en su manera de creer y de rezar, por el camino de los Benei Nóaj, los hijos de Nóaj. Son las leyes universales que el Creador dio al mundo entero antes que cualquier otro código.
Este punto necesita quedar claro: ese camino no es una versión incompleta del camino judío. Es un camino propio, completo y digno que la Toráh misma reconoce y honra como un pacto verdadero entre el Creador y toda la humanidad. No es menos, no es más. Es un camino con todas sus dificultades y con toda su profundidad.
Quien viene no está aquí para pertenecer a algo que no es. Está aquí siendo exactamente quien es, como una persona que busca al Creador con el corazón, cada uno desde su lugar, con su historia. Y el Mikdash Me'at es el lugar para eso.
Para conocer en detalle las siete leyes universales y sus fuentes talmúdicas, puedes leer la guía sobre las Leyes de Noaj.
Elul y Rosh Hashaná: el encuentro de amor
El mes de Elul es un mes propicio para la introspección. Esa introspección es lo que nos afina en nuestras virtudes y nos ayuda a soltar los defectos para llegar a Rosh Hashaná preparados para encontrarnos con el Creador.
La lectura precisa de Elul está en sus iniciales: Aní leDodí veDodí li, «yo soy de mi amado y mi amado es mío». Por eso es una relación de amor, no un juicio. La relación de amor tiene que ser un encuentro, pero para encontrarse hay que estar preparado. No vale cualquier cosa.
Rosh Hashaná no viene como lo que popularmente se entiende: un juicio de miedo donde te leen la cartilla, te castigan y arrancas mal el año. Viene de un ser infinito que nos ama y que nos busca desesperadamente hasta que encuentra su amor. Es como un primer noviazgo, las mariposas en el estómago, la sensación de «he encontrado a mi alma, no existe nada más». Ese sentimiento es el que tiene constantemente el Creador con nosotros. Cuando el Creador es correspondido, la euforia es enorme.
Quien quiera entender los pasos de la Teshuvá que acompañan este proceso de preparación encontrará una guía completa con los cuatro pasos del Rambam.
Cinco minutos para quien te busca por quien eres
El deseo para este nuevo ciclo es que lo que cada uno ha iniciado en su camino, aunque cueste dedicarle tiempo, estudio y mirar cosas en el espejo que preferíamos no ver, se sostenga con algo muy concreto: tener un momento al día para parar.
El estrés, el caos, todos los inputs que nos atacan por todos los medios, la radio, el teléfono, el trabajo, los correos… todo eso puede detenerse cinco o diez minutos. Cinco o diez minutos dedicados a quien realmente nos está buscando por quiénes somos, no por quiénes podríamos ser, sino por quiénes somos, con nuestros defectos y nuestras vergüenzas. El Creador nos ama como somos, porque Él sabe cómo somos. Somos testarudos, somos como somos, y Él nos quiere así.
Dediquémosle al menos esos cinco o diez minutos a ese ser infinito que no nos dedica cinco minutos a nosotros: nos dedica toda la eternidad, todo el tiempo del mundo, porque una sola fracción de segundo en la que dejara de pensar en nosotros desapareceríamos. No pide nada grande. A lo mejor pide un «Hola, ¿qué tal estás?». Él también necesita escucharlo. Es como el mensajito del novio.
Si quieres empezar esos minutos con algo estructurado, las 21 bendiciones de la mañana son un buen punto de partida.