Parashat Bereshit (בְּרֵאשִׁית), la primera porción de la Toráh, abre con una escena que desconcierta: «La tierra estaba informe y desordenada» (Bereshit 1:2). El Creador todopoderoso podría haberlo resuelto en un instante, pero eligió ordenar el mundo día a día, paso a paso, a lo largo de siete jornadas. Bereshit no es un relato de cosmología antigua: es un mapa de instrucciones para cualquier persona que hoy conviva con algún tipo de caos en su vida, ya sea laboral, familiar, emocional o espiritual. Las siete lecciones que contiene esta Parashá hablan de responsabilidad, palabra, dignidad humana, envidia y descanso, temas que siguen vigentes en 2025 exactamente igual que hace tres mil años.
En este artículo recorremos esas siete enseñanzas tal como las transmite la tradición judía, con sus fuentes bíblicas y talmúdicas, y con preguntas que puedes llevarte a la semana.
01 · ¿Por qué el Génesis empieza con el desorden?
El versículo es directo: «La tierra estaba tohú va-bohú, informe y vacía» (Bereshit 1:2). La pregunta brota sola: ¿por qué D-os, que todo lo puede, no creó un mundo ya perfecto?
La respuesta no está en la teología sino en la pedagogía. El relato bíblico nos importa por lo que dice a nuestra vida de hoy. Todos, en algún sector de nuestra existencia, convivimos con un caos: un proyecto estancado, una relación rota, una salud frágil, unas finanzas desordenadas. Si conoces a alguien a quien todo le vaya bien en todas las áreas al mismo tiempo, preséntamelo.
Lo que la Toráh muestra es que el caos se fue ordenando día a día, sección a sección. El primer día se separó la luz de la oscuridad, y el texto dice: «Y vio D-os que era bueno» (Bereshit 1:4). No dice que era perfecto ni que estaba terminado. Dice que ese primer paso, por sí solo, ya era bueno.
La fórmula que Bereshit propone es sencilla de enunciar y exigente de aplicar: divide tu caos en secciones pequeñas. Empieza por la primera. Cuando ese fragmento esté en su sitio, reconoce que es bueno. Pasa a la siguiente. Es la única manera de avanzar sin que la montaña te paralice.
02 · El poder de la palabra: construir o destruir
Toda la creación de Bereshit se sostiene sobre un mismo mecanismo: D-os habló y el mundo ejecutó. «Que haya luz», dijo, y hubo luz (Bereshit 1:3). «Que se separen las aguas de la tierra», dijo, y se separaron (Bereshit 1:6-9). El verbo precedió a la materia.
¿Qué diferencia al ser humano del resto de los seres vivos? Su capacidad de habla. El Targum Onkelós traduce néfesh jayá (alma viviente) como rúaj memallelá, espíritu que habla. Esa capacidad es un poder real, no una metáfora.
Una palabra constructiva puede elevar a una persona, devolverle la confianza, abrirle un camino. Una palabra destructiva puede aniquilarla. El Talmud en Arajín 15b compara la lengua dañina con una flecha: una vez que sale, no regresa. Y en Bereshit Rabá 20:22, los sabios recuerdan que la vida y la muerte están en la mano de la lengua, parafraseando Mishlé 18:21.
Si el Creador usó la palabra para construir un universo entero, el mensaje para nosotros es claro: usemos ese mismo poder, que nos fue dado de forma innata, siempre para construir y nunca para destruir. Cada conversación es un acto de creación o de demolición. No hay término medio.
Si quieres profundizar en lo que la tradición enseña sobre el daño del lenguaje, puedes leer el artículo sobre Nivul Pé y lo que dice la Toráh sobre el lenguaje.
03 · El valor infinito de cada persona
Creados a imagen del Creador
Bereshit 1:27 dice: «Y creó D-os al hombre a Su imagen, betzélem Elokím.» Adam, el primer ser humano, tiene una característica que a menudo pasamos por alto: no pertenece a ningún pueblo, ningún linaje, ninguna tribu. No tiene bandera, no tiene lengua particular, no tiene color. Es, simplemente, un ser humano.
Hoy nos definimos por capas: «Soy de España, nací en Madrid, mis padres vienen del norte de África, emigramos en 1950.» Y con esas capas llegan las separaciones: si eres de mi tribu, bienvenido; si no, cada uno en su esquina. El Génesis corta esa lógica de raíz. El origen de toda la humanidad es uno, único e indivisible.
Tres respuestas del Talmud
En la Mishná de Sanhedrín 4:5, el Talmud pregunta: ¿por qué Adam fue creado único? Y ofrece tres respuestas que deberían grabarse en la memoria:
- Quien destruye una vida, destruye un mundo entero; quien salva una vida, salva el mundo entero. Porque Adam contenía en sí a toda la humanidad. Cada persona es, en potencia, un universo completo.
- Nadie puede decir: «Mi padre es más grande que el tuyo.» Da igual si desciendes del rey David o de un campesino anónimo. Si tiras de la cadena hacia atrás, todos llegamos al mismo origen.
- Cada uno debe decir: «Por mí fue creado el mundo.» No es ego. Los sabios enseñan que Adam contenía todas las almas de todas las generaciones. Tu alma y la mía ya estaban ahí. El mundo fue creado, también, para que tú existieras.
Este principio es el fundamento de lo que el judaísmo llama dignidad humana, tal como la desarrolla el Talmud.
04 · Asumir la responsabilidad: la pregunta «¿Dónde estás?»
El relato del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal (Bereshit 2:17, 3:6-13) plantea una escena difícil de digerir. ¿Cómo es posible que seres tan elevados como Adam y Javá cometan un error tan básico? Precisamente porque el texto no pretende ser una crónica histórica sino una lección de vida.
Cuando Javá come del árbol e incumple la norma, el Creador se dirige a Adam con una sola palabra: Ayeka, «¿Dónde estás?» (Bereshit 3:9). D-os sabe perfectamente dónde está Adam. La pregunta no pide coordenadas geográficas; abre una puerta. Es una invitación a la honestidad: «Ha habido una falta. Dime qué pasó. Reconócelo.»
Hubiera bastado con decir: «Tienes razón, he fallado, lo siento.» Pero Adam responde: «La mujer que Tú me diste, mira lo que ha hecho» (Bereshit 3:12). Y cuando el Creador se dirige a Javá, ella dice: «La serpiente me engañó» (Bereshit 3:13). La culpa siempre es del otro.
En 2025 hacemos exactamente lo mismo. «No puedo porque la economía está fatal.» «No puedo porque en mi familia soy el que carga con todo.» «No puedo porque mi jefe no me deja.» Siempre hay un agente externo que justifica nuestra inacción.
Bereshit nos confronta con una pregunta incómoda: si hoy el Creador te preguntara Ayeka, ¿dónde estás?, ¿responderías como Adam, señalando al otro? ¿O serías capaz de asumir tu parte?
La Teshuvá, el retorno, empieza exactamente en ese punto: en dejar de señalar hacia fuera y mirar hacia dentro. Si quieres explorar ese proceso con más detalle, puedes leer la guía sobre Teshuvá y los cuatro pasos del Rambam.
05 · Dominar la envidia y la ira: Caín y Abel
Bereshit 4:3-5 presenta la primera ofrenda de la historia. Caín trae «del fruto de la tierra», lo primero que encuentra. Abel, que observa la iniciativa de su hermano, trae «de los primogénitos de su rebaño y de sus grasas», es decir, lo mejor que tiene. El Creador acepta la ofrenda de Abel y no la de Caín.
La idea original fue de Caín. Pero la ejecución de Abel fue superior. Es una situación que se repite cada día en el trabajo, en la familia, en cualquier círculo social: tú tienes la idea, otro la perfecciona, y el reconocimiento va para él.
Caín tenía dos caminos. Podía acercarse a Abel y decirle: «Enséñame cómo lo mejoraste, hagámoslo juntos.» O podía dejar que la envidia lo consumiera. Eligió lo segundo, y el resultado fue el primer asesinato de la historia (Bereshit 4:8).
La envidia mata al envidiado y al envidioso.
En Pirkei Avot 4:21, Rabí Elazar HaKappar enseña: «La envidia, el deseo y la búsqueda de honor sacan al hombre del mundo.» No es un castigo externo; es un mecanismo interno. La envidia te saca del mundo porque te impide habitar tu propia vida: estás demasiado ocupado mirando la vida del otro.
La pregunta para esta semana: ¿con quién me estoy comparando hoy y qué podría mejorar en mi propia ofrenda al Creador, en lugar de mirar la ofrenda ajena?
Puedes profundizar en esta enseñanza en el artículo sobre Caín y Abel y por qué la envidia destruye.
06 · «La voz de las sangres»: las consecuencias que no vemos
Tras el asesinato, el Creador vuelve a iniciar una conversación: «¿Dónde está tu hermano Abel?» (Bereshit 4:9). De nuevo, una puerta abierta al reconocimiento. Y de nuevo, la misma evasión: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?»
La respuesta divina es estremecedora: «La voz de las sangres de tu hermano clama a Mí desde la tierra» (Bereshit 4:10). El texto hebreo usa el plural, deméi ajíja, las sangres, no la sangre. ¿Por qué?
Porque cuando se destruye una vida, no se destruye solo a esa persona. Se destruyen todas las generaciones que iban a descender de ella: sus hijos, sus nietos, sus bisnietos, toda la rama de ese árbol de vida. Por eso el plural. Todas las almas que estaban previstas para bajar a través de esa línea reclaman justicia.
Alguien podría decir: «Yo no voy a matar a nadie, esto no va conmigo.» Pero los sabios del Talmud en Berajot 43b y Bava Metzía 58b enseñan que humillar a alguien en público equivale a derramar su sangre. El rostro palidece, la sangre se retira de la cara, y algo muere en esa persona.
¿Cuántos de nosotros hemos humillado a alguien en público sin darnos cuenta? El refinamiento de la ética y las virtudes exige atención a detalles que parecen menores pero tienen consecuencias enormes. Bereshit nos lo advierte desde el primer capítulo de la historia humana.
07 · El Shabat: saber parar forma parte del proyecto
El descanso no es el final, es parte de la obra
La primera porción de la Toráh termina con el Shabat (Bereshit 2:1-3). Y aquí hay un error de lectura muy común: pensar que D-os terminó la obra y después descansó, como quien se sienta en el sofá tras una mudanza. No es así.
El Shabat no viene después de la creación. Está dentro de la creación. Es el séptimo día, tan parte del proyecto como el primero. Sin él, la semana está incompleta.
Hay personas que no saben parar. Yo me incluyo. Es un error enorme. Parar significa no atender el teléfono, no mirar las noticias, estar con la familia, mirar a los ojos a los hijos, tener tiempo de calidad con la pareja, ocuparse de la comunidad, no hablar de dinero ni de política, dedicarse al estudio y a lo sagrado.
Cuando termina el Shabat, el sábado por la noche, has completado la semana de la creación. No antes. El descanso no es un premio por haber trabajado; es una parte inseparable del trabajo mismo.
«Y bendijo D-os el séptimo día y lo santificó, porque en él cesó de toda Su obra que había creado para hacer.» (Bereshit 2:3)
Si quieres empezar a vivir el Shabat de forma práctica, puedes consultar la guía sobre cómo celebrar el Shabat solo en casa.
Siete preguntas para llevarte a la semana
Cada una de las siete lecciones de Bereshit se puede convertir en una pregunta personal. No hace falta responderlas todas a la vez; basta con sentarse con una cada día:
- ¿Qué caos de mi vida puedo dividir hoy en secciones más pequeñas?
- ¿Mis palabras de esta semana han construido o han destruido?
- ¿Trato a cada persona que encuentro como alguien creado a imagen del Creador?
- Si me preguntaran Ayeka, ¿dónde estás?, ¿asumiría mi responsabilidad o señalaría al otro?
- ¿Con quién me estoy comparando y qué puedo mejorar en mi propia ofrenda?
- ¿He humillado a alguien, aunque sea sin darme cuenta?
- ¿Sé parar, o el descanso es lo primero que sacrifico cuando hay presión?
Preguntas frecuentes
¿De qué trata Parashat Bereshit?
Parashat Bereshit es la primera porción semanal de la Toráh. Narra la creación del mundo en siete días, la formación de Adam y Javá, el episodio del Árbol del Conocimiento, el conflicto entre Caín y Abel, y la institución del Shabat. Más allá del relato, contiene enseñanzas prácticas sobre responsabilidad, palabra, dignidad humana y descanso.
¿Por qué la Toráh empieza con el caos y no con un mundo perfecto?
Porque el mensaje no es cosmológico sino pedagógico. El Creador ordena el caos paso a paso, día a día, para enseñarnos que así se afronta cualquier desorden en la vida: dividiendo el problema en partes pequeñas y avanzando sección a sección, sin pretender resolverlo todo de golpe.
¿Qué significa Ayeka en el Génesis?
Ayeka (אַיֶּכָּה) significa «¿dónde estás?» y es la pregunta que D-os dirige a Adam tras la transgresión del Árbol del Conocimiento (Bereshit 3:9). No es una pregunta geográfica: es una invitación a asumir la responsabilidad personal en lugar de culpar a otros.
¿Por qué el texto dice «las sangres» de Abel en plural?
El hebreo usa deméi ajíja, sangres en plural (Bereshit 4:10), porque al destruir una vida no solo se destruye a esa persona sino a todas las generaciones que habrían descendido de ella. Por eso la Mishná en Sanhedrín 4:5 enseña que quien destruye una vida destruye un mundo entero.
¿Por qué el Shabat es parte de la creación y no solo su final?
El Shabat es el séptimo día de la creación, no un añadido posterior. La Toráh lo presenta como parte integral del proyecto: sin descanso, la semana está incompleta. Saber parar, dedicar tiempo a la familia, al estudio y a lo sagrado, no es un premio por haber trabajado sino una pieza esencial de la obra.